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miércoles, mayo 23

Amapolas enredadas a mi ombligo (2)




La nueva ciudad no tenía nombre, no existía lenguaje, el logos adormecido se desperezaba mientras ella sentía la brisa pasar entre los dedos de sus pies descalzos. Las calles la llevaban en volandas y ella se dejaba llevar, confiaba. Los rincones parecían abrazarla, agradecidos por haber dejado de ser telón de fondo de un personaje secundario.
Ese entorno recién nacido no conocía aún normas, era un organismo vivo aún por articular, todo antiguo valor se había desplomado con el propio desembarazarse de las sombras. El tirano gris que antes lo envolvía todo se había disuelto en el mirar activo y creativo de ella, su nueva ella, que ya sólo tenía sus sentidos para habérselas con las cosas.
Por momentos pasaban por su mente recuerdos de acuarela, retazos de una vida que no reconocía como propia, el vivir ajeno en el que puede que un día soñara haber estado presa, pero el tiempo tampoco tenía sentido, ni dirección, este espejismo no venía de un antes ni un después ni un ahora, el tiempo no era ya ni todavía.
Agotada se dejó caer, con el peso de sus dudas, en una explanada de hierba fresca, y miró, por fin desde la quietud, aquello en lo que estaba inmersa, origen de su nuevo ser y también creación suya y se supo parte, se supo caos y le gustó. 
Sólo miraba. 
Bajo su cuerpo brotó un sonido nuevo que hizo enmudecer todo aquello que la rodeaba, la diferencia con todo lo escuchado era tan clara que sólo pudo quedarse quieta, atendiendo. Era un sonido articulado, el primero que escuchaban sus oídos, vírgenes de palabra.
El lenguaje nacía en su sombra, reminiscencia de la antigua normativa pero ya desvinculada de sus cadenas. Era un contorno, tal como ella y, en cambio, sin facciones ni volumen, sin rasgos definitorios más que un sombrero que no encontró correspondencia del lado de los cuerpos.
-Hola- sonó. A partir de ahí, silencio. La primera palabra decidió cuál iba a ser también la dirección del tiempo.
Ella se sintió obligada a imitar a su sombra, sintió que la mímesis habría de ser recíproca ya que la sombra acababa de mostrar su autonomía a pesar de mantenerse unida sin remedio a la planta de sus pies. En tanto que compartían forma, ella creyó también compartir habilidades y repitió el sonido "Hola" y al saberse capaz, se echó las manos a la boca, ¿qué sería aquello que había sentido salir de su garganta?
-Veo que aún sabes hablar
Esto fue demasiado para ella, la sombra emitía demasiados sonidos, demasiado ruido sin sentido, ni siquiera podía intuir dónde, cómo ese ser plano podía articularlos. Quizá el sombrero fuera el secreto de su don, quizá esa sombra originaria sin correlato corpóreo fuera la fuente de las palabras.
-¿Ya no dices nada?- la sombra seguía esperando respuesta.
Ella tendió la mano intentando arrebatarle el sombrero y la sombra se revolvió lo que pudo. Nada de aquello tenía razón de ser, la mano no pudo más que apresar aire y briznas de hierba. Sombras y cuerpos no pertenecían al mismo mundo ni compartían siquiera estatuto, por qué iba a ser diferente con el sombrero, por mágico que fuera. Quizá la magia también quedara del lado de las sombras.
Miró a la sombra, entre desconsolada y curiosa, queriendo saber hacer lo mismo. La sombra entendió que el "hola" de la chica no había tenido significado, simulacro, imitación carente de sentido.
- Te enseñaré- dijo despacio- pero has de ser paciente. Tengo un nombre, cuando al fin sepas hablar podrás adivinarlo
Y de pronto, como si ella se hubiera puesto su propio sombrero los ruidos comenzaron a tener sentido, significaban, no sólo eso, referían. Y empezó a comprender para pronto poder empezar a preguntar (...)

martes, agosto 30

Amapolas enredadas a mi ombligo (1)



Despertó con el alba, como sin darse cuenta. Con el canto de pájaros de ciudad que no saben muy bien cuál es su sitio ni cuándo es buen momento para dar un consejo.
Quedaba en la habitación un ligero aroma a trementina, el vago resquicio que queda tras ser atravesados por los sueños. Y después de la cromática onírica encontró al otro lado del cristal de la ventana una ciudad expectante, con cientos de matices en una única y mísera gama de grises, y se sorprendió tanto como ella cuando no pudo más que responder, con un susurro de aquellos que sólo se escuchan dentro del cráneo, "Tendré que pintarte".
No recordaba cuánto había dormido, ni a qué pudo deberse tan largo periodo de letargo. No pudo dar cuenta de en qué momento el naranja de sus días pasó a formar parte del cajón donde guardaba los recuerdos olvidados, ni de por qué relegó los pinceles y los óleos al momento de cerrar sus párpados.
Sin embargo, fue aquella mañana, cuando no sintió flaquear la fuerza en sus manos ni en sus tuercas, cuando su existencia dejó de ser volátil para pasar a tener espacio además de tiempo.
Con la brisa que entró por la ventana se coló en su casa, sin llamar, una oleada de optimismo a la que pudo dar un mordisco, dejó de dudar y preguntarse, dejó de pensar por un momento y empezó a actuar, como había actuado en otro tiempo, antes de necesitar despojos que suplieran el cuerpo que se le había ido comiendo la desidia.
Dejó atrás los filamentos de cobre que otrora tuvo por arterias y los citoplasmas de acetona. Abandonó los manuales de usuario para poder llamar vida a su existencia... sería bonito decir que fue al fin libre, pero lo honesto sería decir que se sintió libre, y fue en ese instante cuando supo saber.
Al salir a la calle se asombró de no haberse asombrado anteriormente, de haber vagado inane por las calles, y en este deambular al fin con los ojos abiertos ya no fue ella la única nueva y reinventada, la ciudad volvió a tener forma, volumen, luces y sombras, recovecos. Los ojos de esta nueva criatura pintaban la ciudad cómo si fuera un lienzo vivo, cada sorpresa un color nuevo y distinto, una puerta a algo aún por conocer, un destino y no un lugar de paso.
La ciudad antes plana y estancada, esclerótica, empezaba a ser móvil bajo sus pies, comenzó el color y siguió el ritmo, el movimiento, olor y tacto, sentidos casi olvidados, volvían, el ajetreo, la gente, el aire, en fin, la vida (que lo es).
La nueva intención en la mirada había cambiado el significado de su entorno y ya no le quedaban respuestas, todo era nuevo, apetecible, todo sugería cuestiones, ella no podía más que preguntar, sólo sabía entonces cómo saber, y no era poco. (...)

viernes, agosto 12

! Convoluc¡ón



- Humpty... Pero, ¿estamos perdidos en la apacible marea del caos del sentido?
- Alicia, encontrar un camino por el que trazar planos oníricos y representar proyectos esperanzados requiere reconocerse en vulnerabilidad de ser igual al otro y corrompible como un felino hambriento. Ya sabes que, desde que el hombre es hombre, la naturaleza humana ha buscado un por qué de satisfacción, una respuesta para lidiar con los límites de su conocimiento, pero las sociedades evolucionan en conjunto con otras sociedades y el incontrolable peso de la historia pasada se confunde con el incierto devenir que nos espera.
La humanidad continúa en un estado adolescente, egoísta y belicoso pero quizás haya llegado el momento de la independencia, la recapitulación de nuestro pasado y la puesta en marcha de un proyecto común al hombre para con nosotros mismos y para con el caos que nos ha tocado habitar desde que hemos sido paridos.
Cada vez que el hombre se ancla en un presente cómodo, pasivo y contemplativo, la inercia del estado natural del devenir nos sumerge en períodos de crisis necesarias, como éstas, para seguir circulando en el tren de la historia y aprender de nuestro errático presente continuo. Bendita crisis!
Creerse fracasado y por ende, mutilada toda esperanza no sólo envenena nuestro potencial creativo a germinar sino que fumiga a la vida entera. Un árbol que no se riega, un niño que no se alimenta.
NO somos entes divinos independientes de TODO lo que nos rodea. La encarnación del verbo que pudiésemos llegar a experienciar en nuestro laboratorio cotidiano, es una monádica parte del entramado reticular reversible y desplegable al que pertenecemos, en sus diversas percepciones, dimensiones y subjetividades. Virtualidades válidas todas ellas por ser miméticas con nosotros mismos.
Sólo debemos dominar nuestro instinto megalómaqno de afán racionalizador de lo incomprensible, sumergiéndonos en aquello que TAMBIÉN nos define, nadando en los afectos, las emociones, nuestra irresponsable inocencia irracional, huérfanos de cosmovisión. Humanicémonos en el siguiente paso a dar, en nuestra evolución como comunidad, nuestra CONVOLUCIÓN.
Aniquilando a este ego colonizador de libertades ajenas, bajo el rostro del humilde alumno que mira a la maestra naturaleza e insaciablemente pregunta, en su hambruna de conocimiento orácula. Relajándose en el galope de las primitivas sensaciones de lo cotidiano, la libertad ha dejado de ser un absurdo inconquistable para convertirse en sustantiva. Ese proyecto incomprensible de estar aquí y ahora, allá y en ninguna parte ha recuperado la organicidad, el no-sentido y la no-lógica de su belleza.

viernes, noviembre 12

Felicidad



Me preguntaban ayer si era feliz... pregunta curiosa y nada fácil, a todas luces capciosa y, en cierto modo, incluso insolente dentro de la ternura que esconde. Pregunta que desencadenó en mi mente un torrente de interrogaciones de tan hondo calado que llevo desde ese ayer intentando a cada rato dar a todas respuesta. ¿Feliz, en qué sentido? ¿Se puede ser feliz? Felicidad es un concepto imponente si se toma en su totalidad ¿será la felicidad, en su connotación más solemne, algo absoluto de lo que puedo participar? Quizá es como la libertad, inabarcable en abstracto y cuyo disfrute nace de necesitarla, nos inventamos parcelas de libertad de las que participar. ¿Nos construimos también parcelas de felicidad que ocupar, fragmentos de una felicidad suprema inconcebible? ¿Y es realmente inconcebible?... ¿Cabría "estar" feliz?...
Felicidad: ¿estado o modo de ser?... Dulce nombre para una tesis... -demasiados puntos suspensivos-.
(Partamos previamente de mi idea preconcebida de la imposibilidad de ser feliz, que se ha visto en este tiempo tambalear, he ahí el origen de mis disquisiciones).
Mi respuesta escasa, vaga y torpe remitió entonces a Aristóteles, al concepto de eudaimonía. La vida eudaimónica, el sentido terreno de una felicidad tranquila, contentarse -he aquí un problema- con una vida digna de vivirse. ¿Una vida, porque valga la pena, es feliz?
La felicidad aquí parte de uno mismo, pero pierde el sentido absoluto que yo (repito, divagaciones subjetivas) doy a la felicidad. La solemnidad que me evoca se deshace y cae en favor de una suerte de conformismo trivial ante la imposibilidad de un sentimiento pleno, de un "ser feliz" con todo lo que conlleva frente a estados meramente placenteros -fantasmagorías de la felicidad aspirada-.
Aceptar como bueno nuestro bagaje no se me parece a una felicidad por la que haya nadie de ser preguntado, pues se supone. Se trata aquí de una felicidad tan mediocre y vacía que, a mi modo de ver, no merece tal nombre. En fin, conformarse con una vida, esforzarse en mejorarla dentro de unos límites de serenidad, se presenta como demasiado próximo al tedio para que valga la pena omitir otras posibilidades.
Obviamente un balance positivo no se presenta como el fin al que dirigir nuestras aspiraciones, ahora bien, "ser feliz", la felicidad como modo de ser sólo puede ser esto, no cabe una vida de euforia continua, así, el uso de la palabra felicidad adquiere un sentido banal. Una felicidad inmanente, tangible, asequible se cierne sobre esta generación - curiosamente apática - y, ahora que está a mano, es en este sentido en el que se nos presenta como telos, el fin último, en esta sociedad atomizada en la que nos vemos obligados a tener derecho a ser felices -derecho ineludible, por cierto-. Pero esta institucionalización, esa felicidad como fin de todo individuo -por individuo, civilizado- trivializa aún más la idea de felicidad y ahora ser feliz deviene algo parecido a poder vivir, cubrir necesidades y, si acaso, algún capricho.
La definición de felicidad, de principio compleja, se simplifica (en el sentido más despectivo) y se da una definición negativa -la más pobre de las posibles- de modo que ser feliz es no sufrir, sin más. Esto explica el miedo como arma política, el auge del marketing, la creación de necesidades artificiales que se nos presentan como naturales -la estipulación de puertas para afuera de qué es necesidad, qué capricho, qué es bueno y qué no-. La legislación de la felicidad la pone al alcance de todos a un módico precio: la fácil manipulación, la maleabilidad de la masa. (Pero aquí no entraré más).
El caso es, si tengo clara la idea intuitiva de felicidad hasta el punto de negarme a aceptar según qué acepciones, ¿acaso puede experimentarse tal sensación? ¿arraigará el problema en la idea de felicidad como modo de ser?¿será la felicidad un estado?¿una felicidad perecedera será tal cosa?....-de nuevo, puntos suspensivos-.
El hecho es que sí, se dan en la vida sensaciones de placer extremo más allá de la percepción, algo similar a una elevación que puede hacernos incluso temblar de incredulidad, que llena cada poro y hace perder el equilibrio. La felicidad sublime que anhelamos, toda la solemnidad con que nos enfrentamos a ella y a ella nos rendimos, cae sobre nosotros sin previo aviso en un instante y nos completa, nos ocupa por entero dejando sin espacio a las carencias, pero tan solo como un soplo, efímera. Una vez, otra y otra más nos abandona dejando aún más huecos de los que llenó.
Es este poso trágico el que destruye la idea de tal estado sublime como felicidad, porque en este sentido, como en tantos otros, peco de extremista y si es felicidad no debería haber cabida a temor alguno y, ciertamente, todo el que haya sentido algo similar sabe de lo que hablo al decir que, cuando tiemblo de incredulidad, también tiemblo porque espero aterrada el momento en que termine todo y me vacíe. La certeza del fin y la incertidumbre del cuándo será atraviesan esta felicidad, la agrietan de pánico y es a través de estas grietas donde se nos aparece en su máxima realidad y excelencia, pero la experiencia total y completa introduce matices de desdicha que resquebrajan este sentimiento y lo convierten en esta suerte de felicidad contradictoria -no obstante, ¡bendita contradicción!-.
Sinceramente, si lo trágico se queda en un gusto seco al final, como el que dejan los taninos del té, prefiero desequilibrarme de vez en cuando, caer a lo más profundo y elevarme a lo más alto en una noche, a conformarme en un pasar por la vida sin pena ni gloria, un vivir sin sobresaltos, sin enfrentamientos con el mundo, pues no se puede acariciar la felicidad sin la sorpresa, no se puede pensar si no hay asombro y no se puede conocer si no hay fascinación ante eso que se nos impone como "otro". ¿Podría alguien llamar vida a un movimiento sin imprevistos, a la inercia en un mundo que se presente sin asombrarnos?
Así las cosas, el ciclo de ascensos y caídas es más sugerente que el hastío de una vida en positivo, y si en este devenir son más las veces que caemos, sólo nos queda levantarnos.
Más aún, eludiendo el tono seductor con que se presenta, estas fluctuaciones resultan necesarias. En nuestra actividad cognitiva, ya desde niños, son dos los impulsos básicos y contrarios que guían nuestro aprendizaje; placer y dolor. Por esto me atrevo a afirmar que son necesarias las caídas, la tragedia y amargura, la experiencia del dolor más profundo, para poder alcanzar a experimentar la felicidad, los momentos de alegría extrema que nos acercan a esa idea de felicidad plena que sí se nos presenta como motor de nuestras acciones, porque en el fondo, si no es por oposición ¿de qué modo podríamos conocer sentimiento de tamaña complejidad?
En cualquier caso, en ese ayer tan aparentemente lejano pude contestar que sí, en un estado de serenidad y sosiego, no sublime pero sí pleno, porque si bien es una felicidad tibia, sin embargo es más llevadera. Es esta una felicidad -si puedo llamarla así después de lo dicho- que no he entrado a analizar, puedo decir que no se aleja demasiado de lo que presenté anteriormente, podría decirse que es un sorbo de té que aún no me ha llenado pero tampoco me ha dejado aún la boca seca.
Supongo que la clave está en el equilibrio, porque en tanto que enfrentada con el mundo, una parte de mi felicidad dependerá de mí, y es innegable mi cambio de actitud respecto de otro tiempo, pero no reside sólo en mí la posibilidad de ser feliz, es a eso "otro" ajeno a mí a lo que he de encomendarme cada día, es por esto que no puedo negar que hay circunstancias, momentos, personas... sobre todo personas -sobre todo sorpresas-, que me reconcilian con el mundo, y también es por todo esto que no pude contestar de otra manera.

lunes, agosto 23

Carta al Tiempo


Planeta Tierra, 23 de Agosto de 2010


Decían en Alemania un dicho muy recurrente: "Besser spät als nie", y llama la atención que este “más vale tarde que nunca” se me quedase grabado en el país de la puntualidad. La verdad es que esta carta responde un poco a mi creencia en ese dicho y como materialización de mis disculpas hacia vosotros intentaré en la medida de lo posible responder a la incógnita de mi desaparición y a la más interesante, mi regreso.

Querida “Heavy” y querido “Primo”:

Aunque sería un poco incoherente responder únicamente a vuestra carta de una antigüedad de más de casi un año, no dejaré de hacerlo para guiarme en la exposición del año más intenso de mi vida a nivel emocional, intelectual, espiritual y físico en general. Supongo que la mayoría de las palabras que habéis escrito en esas cartas se han borrado en vuestro yo consciente, pero seguramente no en vuestro subconsciente ya que tenemos un “disco duro muy difícil de reformatear” y entre otros acontecimientos el responderos ahora partiendo de aquel entonces, es fundamental para mí.
He guardado vuestras cartas con gran recelo, porque aunque este año he aprendido a desprenderme de las cosas materiales para trabajar mi dependencia, todavía no puedo desprenderme de las emociones ni los sentimientos y por ello las he guardado como algo de un valor incalculable, hasta que tuviese la fortaleza para contestaros y responderos en aprecio de una manera equitativa a la que vosotros me habéis demostrado y por si se os había olvidado, yo os amo con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento.
Entonces ¿por qué?, si os amo ¿por qué he tardado en contestar durante tanto tiempo? Han parecido años, décadas, al menos para mí. Me obligaba casi cada día en pensar cómo responder y me decía, no lo pienses, hazlo (hacerlo sin pensar) y esos días en los que me obligaba y no era capaz de hacerlo, eran días tristes que intentaba disfrazar con el equilibrio de los días felices y ahora que me encuentro en la empresa de hacerlo, de contestaros, no me arrepiento en absoluto, puesto que esta espera merece una recompensa que creará la respuesta que realmente os merecéis por vuestro aprecio (dar para recibir) y que hasta ahora no os he podido dar, por lo que parece ha sido una período de debilidad.

Hace unos meses me di cuenta de una sentencia que se ha convertido en una máxima bastante reciente en mi vida y que poco a poco se ha ido matizando y enriqueciendo gracias al amor de los que me rodean y que dice así: “Para hacer algo que conscientemente no te va satisfacer, es decir, aquello que haces sabiendo que está mal hecho, no lo hagas”. Ahora podréis comenzar a comprender un poco en el punto en el que me encuentro puesto que contestaros en este mismo momento me llena de “orgullo y satisfacción”.

Comenzaremos con mi perdón. Las más sinceras disculpas del que ha errado e intenta subsanar el error reconciliándose con su pasado, un pasado que por haber sido tan imperfecto, ha sido muy buen maestro y ha permitido aprender de él y sobre todo aprehender del lo aprendido. Pero con esto no quiero que penséis que ha sido un annus horribilis, más bien todo lo contrario, ha sido un "annus fantásticus". El año me ha mimado con devoción pero había un problema del que no fui consciente hasta hace relativamente poco y es que el que no me mimaba, era yo.

Me fui a Hamburgo buscando y utilicé la metáfora del viajero para encontrar aquello que más anhelaba, que curiosamente no era ni aprender alemán, ni muchísima fiesta con santos de mi devoción, ni conocer gente de otras culturas que pudiesen enriquecer mi mentalidad, ni viajar muchísimo para analizar de qué carece el mundo y qué nos ofrece… no. Lo que más anhelaba, aunque todo lo anterior me ha servido en ese momento inconsciente para ahora comenzar a conseguirlo, era conocerme a mi mismo, conocer mediante el qué soy, quién soy, y como la búsqueda era inconsciente, he tenido que regresar para completar el ciclo abierto en el principio con esa búsqueda y cerrarlo con este encuentro. Por todo ello os pido perdón, porque aunque no me arrepienta de lo sucedido si me arrepiento de no habéroslo ido comunicando poco a poco, reflejo de mi falta de disciplina hasta el momento. Ahora me enorgullezco de haberme dado cuenta y de comenzar esta carta con un justificado “Más vale tarde que nunca”.

No sé cómo ha transcurrido vuestro año, ni qué habéis aprendido de ello, ni qué cosas os han hecho sentir feliz y cuáles os han llenado de tristeza. Deduzco que hay innumerables hechos que contar, desmigajar y compartir, pero como todavía no os había dado la oportunidad, comenzaré por mí desde el “principio de los tiempos” atendiendo a mi tautología. (Me gusta que este tipo de “pedanterías” consistentes en utilizar el lenguaje con congruencia conceptual las pueda hacer con vosotros cómodamente).

El viaje comenzó en septiembre de una manera bastante caótica, atendiendo a mi actual concepto de caótico, es decir que comenzó fluyendo mucho con los acontecimientos pero evitando ser consciente de ellos en todo momento. Había desarrollado una praxis en mi vida para evitar las situaciones y las personas hostiles casi “envidiable” (matizo que la palabra “envidiable” no lo utilizo como muchas personas que movidas por el orgullo utilizan el concepto de envidia sana en vez de admiración) y ahora me he ido acostumbrando a aceptar que no hay ni personas ni acontecimientos hostiles, sólo maneras hostiles de padecerlos.

En esta falsa panacea en la que me había acostumbrado a vivir hasta hace muy poco, afortunadamente la mayoría de los acontecimientos han sido vividos de una manera intensa y perceptiva pero no han sido digeridos hasta que el tiempo me ha permitido hacerlo. Y es que aunque parezca que este proceso de maduración que estoy intentando compartir con vosotros lo intente justificar atendiendo a un determinismo temporal, también soy consciente de la efemeridad del tiempo y de que si no estás atento a su determinación no serás capaz de digerirlo. Quiero decir que aunque parezca una justificación de falsa humildad, no lo es, puesto que no es resignación, es aceptación y por lo tanto también sé valorar lo acontecido y atribuirme el mérito personal si realmente lo merezco.

Como el tiempo es efímero, los acontecimientos también lo son y por ello me limitaré a utilizar los recuerdos sólo sin son necesarios y presentan utilidad concreta, porque aunque todos los recuerdos son útiles, tanto los buenos como los malos, enunciarlos sin tener en cuenta su valor, es decir, para lo que me han servido, carece un poco de sentido, y a mi no me gusta hablar sin sentido o al menos no me gusta hablar sin finalidad. Entonces, partiendo de una primera respuesta a una pregunta tan noble como ¿qué tal estás? voy a intentar responderla de manera congruente, no sólo diciendo que estoy feliz, sino que soy feliz e intentando escribir el motivo de mi felicidad, no puedo atenerme sólo a acontecimientos sino a procesos del entendimiento a partir de esos acontecimientos que es un poco a lo que intentamos dedicarnos los que anhelamos llamarnos filósofos o amantes de la sabiduría.

Estoy feliz, porque después de tanta búsqueda he encontrado una respuesta bastante convincente para el funcionamiento lógico de mi proceder cognoscitivo. ¿Quiere esto decir que he encontrado un sistema propio para comprender el mundo con sus cinco letras? Ojala! Pero desde luego la luz la he comenzado a vislumbrar que es algo de lo que todavía me siento más bien pretencioso al comunicar pero que desde luego es un sentimiento muy bello por ser tan sincero. Quizás es el fin de una etapa, quizás es el inicio de una nueva, pero puedo afirmar con cordura que ese cambio ha sido con sentido. He tenido que caer al abismo de la depresión existencial por no dejarme a mí mismo comprenderme y ahora que comienzo a saber quién soy y al estar seguro de mi vocación por contemplarla como evidente, por vivirla humildemente y aceptarla congruentemente comienzo a vislumbrar esa luz que tanto he deseado y que tanta felicidad me está dando.

No me considero nada superior por ello, pues la vocación del filósofo creo que debería aparecer en cada ser humano. Todos poseemos la misma herramienta para comprender el mundo, comprendernos a nosotros mismos e intentar comprender a los demás. Nosotros amamos gracias a esa herramienta que parece tan kantiana pero que sabemos que en el fondo él no la ha descubierto, se ha limitado a utilizarla como muchos de sus predecesores y sus sucesores en vocación. La razón me ha permitido hasta el momento satisfacer mis expectativas como buscador, como viajero hacia la comprensión y precisamente ese específico placer del saber que conoces algo nuevo pero que todavía te queda mucho por conocer, esa consciencia permanente del “ignorante abierto a aprender” es lo que me hace feliz, es lo que permite valorarme y desarrollar mi autoestima, es lo que permite no desprestigiar ningún tipo de conocimiento sin antes haberlo pasado por mi “procesador” y haber obtenido una respuesta irrefutable por la razón, por lo cual mi posicionamiento hacia las cosas todavía es ínfimo, pero existe por lo tanto un potencial que no se debería de ignorar. Quizás de esa manera creemos que eliminamos muchas creencias y prejuicios, pero obviamente el ser humano tiene que limitarse a hablar con certezas de lo contingente, de lo que puede conocer y establecer opciones posibles sobre lo espiritual y como de momento sólo se me ha dado como espiritual el concepto de Dios, en el resto de mis elucubraciones la imposibilidad de conocer no se me ha mostrado muy reducida. Ahora partiendo de este punto esencial en el que ahora me encuentro y que me es motivo más que suficiente para considerar posibilidad, la felicidad ha llegado a mi como cuándo era niño y tenía el poder de crear de la nada mediante mi imaginación una realidad totalmente imposible. Ahora que voy entrando en la madurez no quiero ni voy a renunciar a ese poder natural que los niños no se han permitido mutilar, la libertad de pensar lo que sea sin atender a normas o limitaciones sociales y culturales con las que no comparta un mismo procedimiento lógico.

He decidido permitirme amar y no sentirme mal por hacerlo, he decidido dar la oportunidad de comprensión a todo aquel que la solicite y para ello no debo sentirme mejor ni peor que el otro, sino igual en esencia, porque un mundo en el que no haya posibilidad de mejora, no es un mundo con sentido y un mundo donde reside el absurdo es un mundo infeliz y demasiadas manifestaciones a lo largo de mi vida se han apropiado de mi capacidad para creer que este mundo va en una dirección positiva aunque para poder comprenderlo por completo debería invertir un billón de vidas pero para estar abierto a hacerlo sólo necesito una y si renuncio a creer, renuncio a crear, renuncio a la labor del artista, renuncio a mi capacidad para sentir, renuncio a la posibilidad, renuncio al conocimiento, renuncio a la vida.

Comparto esto con vosotros porque habéis iniciado junto conmigo hace algún tiempo, la búsqueda, la contemplación de la posibilidad, la superación de vosotros mismos, la apuesta por el conocimiento, por lo creativo, el amor a la sabiduría, la que no conocemos pero contemplamos como posible aquella que todavía nos queda por descubrir.

Tengo muchas ganas de que nos veamos, comenzar a ejercitar lo aprendido y descubrir juntos lo “imposible”.

Os amo, Sapoconcho.

domingo, junio 27

Telarañas comunes, redes sociales


O de cómo todo aquel pretendido escaparate de cerebros
se queda en mera tienda de disfraces que hace esquina con nuestra calle
La bola de espejos detiene su rotación periódica de reflejos del acontecer en el accidentado confluir que se da en el entretiempo y cae al suelo con el tránsito asiconpado de presente y pasado al modo de las melodías del discanto.
Fragmentada la esfera perfecta, el núcleo, al que se dirigían los radios desde el cristal opaco, pierde su definición. El centro esférico "yo" pierde su idea de yo al perderse la noción de círculo de adláteres y carece de lugar entre los dispersos espejos que ya no dirigen a él sus sombras sino que le deslumbran con ondas electromagnéticas sensibles. Se pierde la protección en pos de una desestructura de relaciones que barnizan de seguridad una suerte de evidencia e importancia del beneplácito ajeno para el que vínculos difusos, vago constructo teórico nacido de una necesidad de arquetipos y sistemas, devienen importantes en tanto visibles.
El círculo protector de la familia (en el sentido más amplio) arraigado en el "yo-centro" ha perdido el sentido en favor de una aparente red de supuestos reflejos del yo a partir del cual el número de espejos y la potencia lumínica que se da en la refracción (que no reflexión, acaso como ilusión vacua) se pretende como vara de medida para dar cuenta de un "yo" que ya no es centro y ha extraviado, con su ser-raíz, el sentimiento de propiedad y de sujeto yendo a la deriva en busca de reconocimiento en cada yo-otro que ocupe un espejo. En fin, subsistencia de un sujeto desprovisto de sujeción.
Espejo: Fragmento de frágil cristal que refleja sólo gracias a su reverso velado. Hoy, ya desprendido del todo ordenado, el brillo se dará sólo sepultando la parte oscura, lo que otrora hizo del cristal espejo. Una vez despojado de dirección y sentido el propio fundamento, la ilusoria reflexión no es más que un caótico juego de luces, distorsión.
Todo aquel anterior reflejo se ha quedado en frívola belleza caleidoscópica,
terreno yermo, lugar de anacoretas que se anuncia como salón de té

lunes, mayo 10

Metafísica para Dummies


Presuponemos la oscuridad de la nada, ¿cómo caemos en atribuciones de aquello que por definición, salvando la contradicción inevitable, es indeterminado? ¿Por qué hemos de definir la nada y sustantivarla, transformarla en un algo abstracto y carente de atributos? ¿No nos damos cuenta de que así la hacemos equívoca con el Ser? La nada no es, sin más. Toda reflexión ulterior la convierte en ente, acaso esencia, acaso Ser, por lo que tiene de indefinible. De existir la nada no puede ser más que carencia del propio existir, contradicción. No supongamos huecos y no imaginemos masas informes y oscuras como pudo hacer Michael Ende en su también contradictoria historia interminable, si lo hacemos así no podemos establecer diferencias en los modos de (no) ser de la nada y los elefantes voladores, y aquí sí, se trataría de una nada que es, por cuanto tiene de imaginaria, con lo que la nada aparece como dependiente del sujeto y, de no ser por nuestra noción de ella se quedaría en lo que nunca ha sido, mera inexistencia, indefinible, inabarcable, por cierto, inconcebible, así ¿Cómo se da entonces que sea imaginable? ¿Cómo/dónde se origina la pregunta por la nada?

miércoles, agosto 26

Y sobre el amor...?


Impotencia argumentativa... partiendo de una base que responde a perspectivas y a que fuera de un discurso especulativo, el amor tristemente muere con el romanticismo en una apología biologicista, prefiero lo primero.


Amor, nos gusta, a pesar de que, en mi opinión se haya definido el enamoramiento muy tremendísticamente como " estado patológico de disgregación del yo (sí, esto es Freud) próximo al delirio" (y es que cuando le venía la inspiración, pangermanismo austríaco!); pues a pesar de, y a hora me pongo muy freudiano, continúa gustándonos el "onanismo intelectual" este del amor, y es que estoy convencido de que nos enamoramos antes de nosotros mismos y nuestra percepción de estar enamorados, del amor romántico en sí, que de otra persona a la que atribuír adjetivos para hacer cómplice de un camino particular, para empatizar en una esfera creacionista, una esfera perceptiva inexistente, una sensación neuronal que culmina en divergencia mental dependiente... si es que sí que hay desetructuración.

Entonces, ¿por qué nos gusta tanto sentirnos impotentes? quizás lo que realmente nos satisface es una pseudoexperiencia de "logolización de lo contingente", de una aproximación mística al placer intelectual y a la reciprocidad carnal... Venga ya! Simplemente lo reduciría a un lastre antropológico cultural... es verdad que la dependencia materno-filial es evidente, pero no es algo necesario en sentido ontológico ya que parir un hijo debe ser sobrecogedor, pero no deja de verse como una dependencia de algo material, una madre que se encariña con una posesión y un hijo que se enamora de la superación de una vulnerabilidad existencial... aun así, en el improbable caso de estar en lo cierto, la explicación biológica sujeta a modos de actuar adquiridos por una comunidad no se justifica hoy por hoy, en un planeta en el que la protección endogámica sí que se ha desmitificado, (sin ir más lejos por la conectividad social que ahora mismo la telemática me permite que conocedores de mi idioma con un router puedan leer en cualquier parte del planeta mi pajilla mental... )

Entonces qué? Cambian los tipos de amor romántico? maduramos sentimentalmente a la vez que el "zeitgeist" (espíritu de una época) evoluciona circunstancialmente? realmente creemos que podemos sobrevivir sin ello? Es más, podría una persona ser educada de tal manera que no pudiese sentir ni el mínimo grado de dependencia sentimental? y esta nueva categoría en un código moral hipotético sería más lícito?

Creo que no quiero encontrar una respuesta... Nos gusta ser masocas, porque realmente existe placer en el sufrimiento, en el estado más enajenado de autoafirmación de la vulnerabilidad en un medio hostil... Deberíamos superar que no podemos hacer filosofía primera sobre las cosas, ni éticas de máximos, ni idealizaciones conceptuales de abstracciones que sólo tienen propiedad en el hecho de considerarse animal racional... a veces la autocrítica viene muy bien para un despertar placentero esporádico, para un regocijo intelectual de apopléjica pedantería con vistas a superar el drama del hombre pero en este cómico planeta lo que realmente cuenta es la supervivencia y un autoengaño de placer hedonista...

... las caricias y los mimos nunca matan y siempre enseñan!

domingo, agosto 23

para (alter)arte...


A todos aquellos que no ven el arte como un mero entretenimiento de la vida contemplativa.

A todos aquellos que con sus reflexiones solitarias buscan un nuevo amanecer, sentir que la vida avanza,
que no hay absurdo en la palabra esperanza, que hay algo más que está por ver y por hacer…

A todos aquellos que no ven dinero en el arte, ni arte en el dinero.

A todos los que aburridos de pasear por calles grises que transforman los días en sombra, todavía tienen fuerzas para un último suspiro, un último grito, una última alteración en grado de revolución.

A todos ellos, si están convencidos de que, al igual que el mundo se destruye a si mismo, el mundo puede cambiar, mostrando belleza, hiriendo a fantasmas monótonos con bocas descosidas que lo último que ahora quieren es volver a sellarse. ¡Comencemos a alterar!
Dejando que el ritmo encienda el motor de una importante y colorida salvación de olores, melodías, sentimientos, imágenes y coreografías que han perdido el freno, en un imparable torrente de veloz inquietud artística que está a punto de explotar.

Somos uno y no somos nadie. Estaremos continuamente mostrando que, por ser abstracto, todo se puede expresar y a todo el mundo se puede llegar, no dejando indiferente.

Porque no vivimos en el mejor mundo de los posibles, vivimos en el mundo que nos ha tocado cambiar y nos dejen o no creernos en la posesión de nuestra libertad, ¡Tenemos las fuerzas suficientes para alterarles!

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Si crees que es imposible, es imposible!

viernes, junio 26

Curiosidad(es)



Hoy me he reafirmado en mi idea de cómo, ante situaciones y sensaciones nuevas, nos seguimos comportando como niños pequeños, las mismas preguntas, las mismas dudas, la misma expresión de sorpresa, los mismos ojos vivos.
Y, al tiempo, me he dado cuenta de cuánto extraña esta actitud en un supuesto ser adulto a juicio de otro, de lo olvidado que tenemos al niño que fuimos y que, en el fondo, es el inicio propio de lo que somos. Cada actitud pueril que hayamos tenido es parte constituyente de nuestros cimientos.
Es curioso que releguemos esa parte inocente e interrogante, siempre despierta, a un segundo plano en la carrera hacia el ser adulto, racional, casi siempre abatido y enredado en el tedio de sus propios bucles falaces.
Hay que, ya no recuperar, mantener el pensamiento prelógico infantil, el asombro. No abogo, en este caso, por la idea de "la memoria de los peces", que cada percepción sea nueva tampoco ofrece gran cosa, un nuevo bucle falaz... sólo eso, y nada más, como decía El Cuervo de Poe.
Lo reconfortante sería saborear cada sensación, cada momento, descubrir cada nuevo matiz que se presente, como hacen los niños, y preguntarse por ellos y no sólo por la generalidad ya aprendida que los engloba. Admirarse y reir, mantener las pupilas vivaces para siempre y no dejarnos ir hacia lo que debemos ser.
El adulto como potencia del niño es una patraña, es el niño, con su cándidez y su amor por lo nuevo, su vivir indagatorio y su modo increíble de enfrentarse al mundo sumergiéndose sin miedo en cada pequeño detalle que ofrece, el que debe predicarse como potencia del adulto.
¡Qué errados estuvieron Kant y demás ilustrados!
Enclaustrados en sus bucles y en sus casas, tratando la vida y el mundo - tan ajenos a ellos como manidos los supusieron - con desdén, pre-ocupándose de noúmenos y seres etéreos sin atender a sus cimientos con la atención que merecen. Estudiaron inventos por partir de invenciones, de sujetos también etéreos, sin lugar en el mundo.
Aristóteles le pidió al filósofo que fuera niño y el filósofo,creyéndose adulto, sin contar alguna que otra demente excepción que podría considerarse prepúber, no ha sido más que un pobre pubescente en plena edad del pavo durante siglos... y ahí seguimos.