Bolboreta revolotea indecisa entre carriles estrechos y sin playa, Sapoconcho camina dubitativo y sin rumbo por espacios abiertos de conciencia, en el mar se encuentran, Bolboreta descansa en Sapoconcho y escucha sus silencios, Sapoconcho sonrie con cada batir de alas, se conocen de pronto y ambos dejan de ser antropomorfos para que sus dedos bailen siguiendo los ritmos de briznas de pensamiento que van desprendiendose de sus pestañas.
La nueva ciudad no tenía nombre, no existía lenguaje, el logos adormecido se desperezaba mientras ella sentía la brisa pasar entre los dedos de sus pies descalzos. Las calles la llevaban en volandas y ella se dejaba llevar, confiaba. Los rincones parecían abrazarla, agradecidos por haber dejado de ser telón de fondo de un personaje secundario.
Ese entorno recién nacido no conocía aún normas, era un organismo vivo aún por articular, todo antiguo valor se había desplomado con el propio desembarazarse de las sombras. El tirano gris que antes lo envolvía todo se había disuelto en el mirar activo y creativo de ella, su nueva ella, que ya sólo tenía sus sentidos para habérselas con las cosas.
Por momentos pasaban por su mente recuerdos de acuarela, retazos de una vida que no reconocía como propia, el vivir ajeno en el que puede que un día soñara haber estado presa, pero el tiempo tampoco tenía sentido, ni dirección, este espejismo no venía de un antes ni un después ni un ahora, el tiempo no era ya ni todavía.
Agotada se dejó caer, con el peso de sus dudas, en una explanada de hierba fresca, y miró, por fin desde la quietud, aquello en lo que estaba inmersa, origen de su nuevo ser y también creación suya y se supo parte, se supo caos y le gustó.
Sólo miraba.
Bajo su cuerpo brotó un sonido nuevo que hizo enmudecer todo aquello que la rodeaba, la diferencia con todo lo escuchado era tan clara que sólo pudo quedarse quieta, atendiendo. Era un sonido articulado, el primero que escuchaban sus oídos, vírgenes de palabra.
El lenguaje nacía en su sombra, reminiscencia de la antigua normativa pero ya desvinculada de sus cadenas. Era un contorno, tal como ella y, en cambio, sin facciones ni volumen, sin rasgos definitorios más que un sombrero que no encontró correspondencia del lado de los cuerpos.
-Hola- sonó. A partir de ahí, silencio. La primera palabra decidió cuál iba a ser también la dirección del tiempo.
Ella se sintió obligada a imitar a su sombra, sintió que la mímesis habría de ser recíproca ya que la sombra acababa de mostrar su autonomía a pesar de mantenerse unida sin remedio a la planta de sus pies. En tanto que compartían forma, ella creyó también compartir habilidades y repitió el sonido "Hola" y al saberse capaz, se echó las manos a la boca, ¿qué sería aquello que había sentido salir de su garganta?
-Veo que aún sabes hablar
Esto fue demasiado para ella, la sombra emitía demasiados sonidos, demasiado ruido sin sentido, ni siquiera podía intuir dónde, cómo ese ser plano podía articularlos. Quizá el sombrero fuera el secreto de su don, quizá esa sombra originaria sin correlato corpóreo fuera la fuente de las palabras.
-¿Ya no dices nada?- la sombra seguía esperando respuesta.
Ella tendió la mano intentando arrebatarle el sombrero y la sombra se revolvió lo que pudo. Nada de aquello tenía razón de ser, la mano no pudo más que apresar aire y briznas de hierba. Sombras y cuerpos no pertenecían al mismo mundo ni compartían siquiera estatuto, por qué iba a ser diferente con el sombrero, por mágico que fuera. Quizá la magia también quedara del lado de las sombras.
Miró a la sombra, entre desconsolada y curiosa, queriendo saber hacer lo mismo. La sombra entendió que el "hola" de la chica no había tenido significado, simulacro, imitación carente de sentido.
- Te enseñaré- dijo despacio- pero has de ser paciente. Tengo un nombre, cuando al fin sepas hablar podrás adivinarlo
Y de pronto, como si ella se hubiera puesto su propio sombrero los ruidos comenzaron a tener sentido, significaban, no sólo eso, referían. Y empezó a comprender para pronto poder empezar a preguntar (...)
Despertó con el alba, como sin darse cuenta. Con el canto de pájaros de ciudad que no saben muy bien cuál es su sitio ni cuándo es buen momento para dar un consejo.
Quedaba en la habitación un ligero aroma a trementina, el vago resquicio que queda tras ser atravesados por los sueños. Y después de la cromática onírica encontró al otro lado del cristal de la ventana una ciudad expectante, con cientos de matices en una única y mísera gama de grises, y se sorprendió tanto como ella cuando no pudo más que responder, con un susurro de aquellos que sólo se escuchan dentro del cráneo, "Tendré que pintarte".
No recordaba cuánto había dormido, ni a qué pudo deberse tan largo periodo de letargo. No pudo dar cuenta de en qué momento el naranja de sus días pasó a formar parte del cajón donde guardaba los recuerdos olvidados, ni de por qué relegó los pinceles y los óleos al momento de cerrar sus párpados.
Sin embargo, fue aquella mañana, cuando no sintió flaquear la fuerza en sus manos ni en sus tuercas, cuando su existencia dejó de ser volátil para pasar a tener espacio además de tiempo.
Con la brisa que entró por la ventana se coló en su casa, sin llamar, una oleada de optimismo a la que pudo dar un mordisco, dejó de dudar y preguntarse, dejó de pensar por un momento y empezó a actuar, como había actuado en otro tiempo, antes de necesitar despojos que suplieran el cuerpo que se le había ido comiendo la desidia.
Dejó atrás los filamentos de cobre que otrora tuvo por arterias y los citoplasmas de acetona. Abandonó los manuales de usuario para poder llamar vida a su existencia... sería bonito decir que fue al fin libre, pero lo honesto sería decir que se sintió libre, y fue en ese instante cuando supo saber.
Al salir a la calle se asombró de no haberse asombrado anteriormente, de haber vagado inane por las calles, y en este deambular al fin con los ojos abiertos ya no fue ella la única nueva y reinventada, la ciudad volvió a tener forma, volumen, luces y sombras, recovecos. Los ojos de esta nueva criatura pintaban la ciudad cómo si fuera un lienzo vivo, cada sorpresa un color nuevo y distinto, una puerta a algo aún por conocer, un destino y no un lugar de paso.
La ciudad antes plana y estancada, esclerótica, empezaba a ser móvil bajo sus pies, comenzó el color y siguió el ritmo, el movimiento, olor y tacto, sentidos casi olvidados, volvían, el ajetreo, la gente, el aire, en fin, la vida (que lo es).
La nueva intención en la mirada había cambiado el significado de su entorno y ya no le quedaban respuestas, todo era nuevo, apetecible, todo sugería cuestiones, ella no podía más que preguntar, sólo sabía entonces cómo saber, y no era poco. (...)
- Humpty... Pero, ¿estamos perdidos en la apacible marea del caos del sentido?
- Alicia, encontrar un camino por el que trazar planos oníricos y representar proyectos esperanzados requiere reconocerse en vulnerabilidad de ser igual al otro y corrompible como un felino hambriento. Ya sabes que, desde que el hombre es hombre, la naturaleza humana ha buscado un por qué de satisfacción, una respuesta para lidiar con los límites de su conocimiento, pero las sociedades evolucionan en conjunto con otras sociedades y el incontrolable peso de la historia pasada se confunde con el incierto devenir que nos espera.
La humanidad continúa en un estado adolescente, egoísta y belicoso pero quizás haya llegado el momento de la independencia, la recapitulación de nuestro pasado y la puesta en marcha de un proyecto común al hombre para con nosotros mismos y para con el caos que nos ha tocado habitar desde que hemos sido paridos.
Cada vez que el hombre se ancla en un presente cómodo, pasivo y contemplativo, la inercia del estado natural del devenir nos sumerge en períodos de crisis necesarias, como éstas, para seguir circulando en el tren de la historia y aprender de nuestro errático presente continuo. Bendita crisis!
Creerse fracasado y por ende, mutilada toda esperanza no sólo envenena nuestro potencial creativo a germinar sino que fumiga a la vida entera. Un árbol que no se riega, un niño que no se alimenta.
NO somos entes divinos independientes de TODO lo que nos rodea. La encarnación del verbo que pudiésemos llegar a experienciar en nuestro laboratorio cotidiano, es una monádica parte del entramado reticular reversible y desplegable al que pertenecemos, en sus diversas percepciones, dimensiones y subjetividades. Virtualidades válidas todas ellas por ser miméticas con nosotros mismos.
Sólo debemos dominar nuestro instinto megalómaqno de afán racionalizador de lo incomprensible, sumergiéndonos en aquello que TAMBIÉN nos define, nadando en los afectos, las emociones, nuestra irresponsable inocencia irracional, huérfanos de cosmovisión. Humanicémonos en el siguiente paso a dar, en nuestra evolución como comunidad, nuestra CONVOLUCIÓN.
Aniquilando a este ego colonizador de libertades ajenas, bajo el rostro del humilde alumno que mira a la maestra naturaleza e insaciablemente pregunta, en su hambruna de conocimiento orácula. Relajándose en el galope de las primitivas sensaciones de lo cotidiano, la libertad ha dejado de ser un absurdo inconquistable para convertirse en sustantiva. Ese proyecto incomprensible de estar aquí y ahora, allá y en ninguna parte ha recuperado la organicidad, el no-sentido y la no-lógica de su belleza.
Decían en Alemania un dicho muy recurrente: "Besser spät als nie", y llama la atención que este “más vale tarde que nunca” se me quedase grabado en el país de la puntualidad. La verdad es que esta carta responde un poco a mi creencia en ese dicho y como materialización de mis disculpas hacia vosotros intentaré en la medida de lo posible responder a la incógnita de mi desaparición y a la más interesante, mi regreso.
Querida “Heavy” y querido “Primo”:
Aunque sería un poco incoherente responder únicamente a vuestra carta de una antigüedad de más de casi un año, no dejaré de hacerlo para guiarme en la exposición del año más intenso de mi vida a nivel emocional, intelectual, espiritual y físico en general. Supongo que la mayoría de las palabras que habéis escrito en esas cartas se han borrado en vuestro yo consciente, pero seguramente no en vuestro subconsciente ya que tenemos un “disco duro muy difícil de reformatear” y entre otros acontecimientos el responderos ahora partiendo de aquel entonces, es fundamental para mí.
He guardado vuestras cartas con gran recelo, porque aunque este año he aprendido a desprenderme de las cosas materiales para trabajar mi dependencia, todavía no puedo desprenderme de las emociones ni los sentimientos y por ello las he guardado como algo de un valor incalculable, hasta que tuviese la fortaleza para contestaros y responderos en aprecio de una manera equitativa a la que vosotros me habéis demostrado y por si se os había olvidado, yo os amo con la fuerza de los mares y con el ímpetu del viento.
Entonces ¿por qué?, si os amo ¿por qué he tardado en contestar durante tanto tiempo? Han parecido años, décadas, al menos para mí. Me obligaba casi cada día en pensar cómo responder y me decía, no lo pienses, hazlo (hacerlo sin pensar) y esos días en los que me obligaba y no era capaz de hacerlo, eran días tristes que intentaba disfrazar con el equilibrio de los días felices y ahora que me encuentro en la empresa de hacerlo, de contestaros, no me arrepiento en absoluto, puesto que esta espera merece una recompensa que creará la respuesta que realmente os merecéis por vuestro aprecio (dar para recibir) y que hasta ahora no os he podido dar, por lo que parece ha sido una período de debilidad.
Hace unos meses me di cuenta de una sentencia que se ha convertido en una máxima bastante reciente en mi vida y que poco a poco se ha ido matizando y enriqueciendo gracias al amor de los que me rodean y que dice así: “Para hacer algo que conscientemente no te va satisfacer, es decir, aquello que haces sabiendo que está mal hecho, no lo hagas”. Ahora podréis comenzar a comprender un poco en el punto en el que me encuentro puesto que contestaros en este mismo momento me llena de “orgullo y satisfacción”.
Comenzaremos con mi perdón. Las más sinceras disculpas del que ha errado e intenta subsanar el error reconciliándose con su pasado, un pasado que por haber sido tan imperfecto, ha sido muy buen maestro y ha permitido aprender de él y sobre todo aprehender del lo aprendido. Pero con esto no quiero que penséis que ha sido un annus horribilis, más bien todo lo contrario, ha sido un "annus fantásticus". El año me ha mimado con devoción pero había un problema del que no fui consciente hasta hace relativamente poco y es que el que no me mimaba, era yo.
Me fui a Hamburgo buscando y utilicé la metáfora del viajero para encontrar aquello que más anhelaba, que curiosamente no era ni aprender alemán, ni muchísima fiesta con santos de mi devoción, ni conocer gente de otras culturas que pudiesen enriquecer mi mentalidad, ni viajar muchísimo para analizar de qué carece el mundo y qué nos ofrece… no. Lo que más anhelaba, aunque todo lo anterior me ha servido en ese momento inconsciente para ahora comenzar a conseguirlo, era conocerme a mi mismo, conocer mediante el qué soy, quién soy, y como la búsqueda era inconsciente, he tenido que regresar para completar el ciclo abierto en el principio con esa búsqueda y cerrarlo con este encuentro. Por todo ello os pido perdón, porque aunque no me arrepienta de lo sucedido si me arrepiento de no habéroslo ido comunicando poco a poco, reflejo de mi falta de disciplina hasta el momento. Ahora me enorgullezco de haberme dado cuenta y de comenzar esta carta con un justificado “Más vale tarde que nunca”.
No sé cómo ha transcurrido vuestro año, ni qué habéis aprendido de ello, ni qué cosas os han hecho sentir feliz y cuáles os han llenado de tristeza. Deduzco que hay innumerables hechos que contar, desmigajar y compartir, pero como todavía no os había dado la oportunidad, comenzaré por mí desde el “principio de los tiempos” atendiendo a mi tautología. (Me gusta que este tipo de “pedanterías” consistentes en utilizar el lenguaje con congruencia conceptual las pueda hacer con vosotros cómodamente).
El viaje comenzó en septiembre de una manera bastante caótica, atendiendo a mi actual concepto de caótico, es decir que comenzó fluyendo mucho con los acontecimientos pero evitando ser consciente de ellos en todo momento. Había desarrollado una praxis en mi vida para evitar las situaciones y las personas hostiles casi “envidiable” (matizo que la palabra “envidiable” no lo utilizo como muchas personas que movidas por el orgullo utilizan el concepto de envidia sana en vez de admiración) y ahora me he ido acostumbrando a aceptar que no hay ni personas ni acontecimientos hostiles, sólo maneras hostiles de padecerlos.
En esta falsa panacea en la que me había acostumbrado a vivir hasta hace muy poco, afortunadamente la mayoría de los acontecimientos han sido vividos de una manera intensa y perceptiva pero no han sido digeridos hasta que el tiempo me ha permitido hacerlo. Y es que aunque parezca que este proceso de maduración que estoy intentando compartir con vosotros lo intente justificar atendiendo a un determinismo temporal, también soy consciente de la efemeridad del tiempo y de que si no estás atento a su determinación no serás capaz de digerirlo. Quiero decir que aunque parezca una justificación de falsa humildad, no lo es, puesto que no es resignación, es aceptación y por lo tanto también sé valorar lo acontecido y atribuirme el mérito personal si realmente lo merezco.
Como el tiempo es efímero, los acontecimientos también lo son y por ello me limitaré a utilizar los recuerdos sólo sin son necesarios y presentan utilidad concreta, porque aunque todos los recuerdos son útiles, tanto los buenos como los malos, enunciarlos sin tener en cuenta su valor, es decir, para lo que me han servido, carece un poco de sentido, y a mi no me gusta hablar sin sentido o al menos no me gusta hablar sin finalidad. Entonces, partiendo de una primera respuesta a una pregunta tan noble como ¿qué tal estás? voy a intentar responderla de manera congruente, no sólo diciendo que estoy feliz, sino que soy feliz e intentando escribir el motivo de mi felicidad, no puedo atenerme sólo a acontecimientos sino a procesos del entendimiento a partir de esos acontecimientos que es un poco a lo que intentamos dedicarnos los que anhelamos llamarnos filósofos o amantes de la sabiduría.
Estoy feliz, porque después de tanta búsqueda he encontrado una respuesta bastante convincente para el funcionamiento lógico de mi proceder cognoscitivo. ¿Quiere esto decir que he encontrado un sistema propio para comprender el mundo con sus cinco letras? Ojala! Pero desde luego la luz la he comenzado a vislumbrar que es algo de lo que todavía me siento más bien pretencioso al comunicar pero que desde luego es un sentimiento muy bello por ser tan sincero. Quizás es el fin de una etapa, quizás es el inicio de una nueva, pero puedo afirmar con cordura que ese cambio ha sido con sentido. He tenido que caer al abismo de la depresión existencial por no dejarme a mí mismo comprenderme y ahora que comienzo a saber quién soy y al estar seguro de mi vocación por contemplarla como evidente, por vivirla humildemente y aceptarla congruentemente comienzo a vislumbrar esa luz que tanto he deseado y que tanta felicidad me está dando.
No me considero nada superior por ello, pues la vocación del filósofo creo que debería aparecer en cada ser humano. Todos poseemos la misma herramienta para comprender el mundo, comprendernos a nosotros mismos e intentar comprender a los demás. Nosotros amamos gracias a esa herramienta que parece tan kantiana pero que sabemos que en el fondo él no la ha descubierto, se ha limitado a utilizarla como muchos de sus predecesores y sus sucesores en vocación. La razón me ha permitido hasta el momento satisfacer mis expectativas como buscador, como viajero hacia la comprensión y precisamente ese específico placer del saber que conoces algo nuevo pero que todavía te queda mucho por conocer, esa consciencia permanente del “ignorante abierto a aprender” es lo que me hace feliz, es lo que permite valorarme y desarrollar mi autoestima, es lo que permite no desprestigiar ningún tipo de conocimiento sin antes haberlo pasado por mi “procesador” y haber obtenido una respuesta irrefutable por la razón, por lo cual mi posicionamiento hacia las cosas todavía es ínfimo, pero existe por lo tanto un potencial que no se debería de ignorar. Quizás de esa manera creemos que eliminamos muchas creencias y prejuicios, pero obviamente el ser humano tiene que limitarse a hablar con certezas de lo contingente, de lo que puede conocer y establecer opciones posibles sobre lo espiritual y como de momento sólo se me ha dado como espiritual el concepto de Dios, en el resto de mis elucubraciones la imposibilidad de conocer no se me ha mostrado muy reducida. Ahora partiendo de este punto esencial en el que ahora me encuentro y que me es motivo más que suficiente para considerar posibilidad, la felicidad ha llegado a mi como cuándo era niño y tenía el poder de crear de la nada mediante mi imaginación una realidad totalmente imposible. Ahora que voy entrando en la madurez no quiero ni voy a renunciar a ese poder natural que los niños no se han permitido mutilar, la libertad de pensar lo que sea sin atender a normas o limitaciones sociales y culturales con las que no comparta un mismo procedimiento lógico.
He decidido permitirme amar y no sentirme mal por hacerlo, he decidido dar la oportunidad de comprensión a todo aquel que la solicite y para ello no debo sentirme mejor ni peor que el otro, sino igual en esencia, porque un mundo en el que no haya posibilidad de mejora, no es un mundo con sentido y un mundo donde reside el absurdo es un mundo infeliz y demasiadas manifestaciones a lo largo de mi vida se han apropiado de mi capacidad para creer que este mundo va en una dirección positiva aunque para poder comprenderlo por completo debería invertir un billón de vidas pero para estar abierto a hacerlo sólo necesito una y si renuncio a creer, renuncio a crear, renuncio a la labor del artista, renuncio a mi capacidad para sentir, renuncio a la posibilidad, renuncio al conocimiento, renuncio a la vida.
Comparto esto con vosotros porque habéis iniciado junto conmigo hace algún tiempo, la búsqueda, la contemplación de la posibilidad, la superación de vosotros mismos, la apuesta por el conocimiento, por lo creativo, el amor a la sabiduría, la que no conocemos pero contemplamos como posible aquella que todavía nos queda por descubrir.
Tengo muchas ganas de que nos veamos, comenzar a ejercitar lo aprendido y descubrir juntos lo “imposible”.
A todos aquellos que no ven el arte como un mero entretenimiento de la vida contemplativa.
A todos aquellos que con sus reflexiones solitarias buscan un nuevo amanecer, sentir que la vida avanza,
que no hay absurdo en la palabra esperanza, que hay algo más que está por ver y por hacer…
A todos aquellos que no ven dinero en el arte, ni arte en el dinero.
A todos los que aburridos de pasear por calles grises que transforman los días en sombra, todavía tienen fuerzas para un último suspiro, un último grito, una última alteración en grado de revolución.
A todos ellos, si están convencidos de que, al igual que el mundo se destruye a si mismo, el mundo puede cambiar, mostrando belleza, hiriendo a fantasmas monótonos con bocas descosidas que lo último que ahora quieren es volver a sellarse. ¡Comencemos a alterar!
Dejando que el ritmo encienda el motor de una importante y colorida salvación de olores, melodías, sentimientos, imágenes y coreografías que han perdido el freno, en un imparable torrente de veloz inquietud artística que está a punto de explotar.
Somos uno y no somos nadie. Estaremos continuamente mostrando que, por ser abstracto, todo se puede expresar y a todo el mundo se puede llegar, no dejando indiferente.
Porque no vivimos en el mejor mundo de los posibles, vivimos en el mundo que nos ha tocado cambiar y nos dejen o no creernos en la posesión de nuestra libertad, ¡Tenemos las fuerzas suficientes para alterarles!